Fragmentos

CAPÍTULO 1

Ni una sola vez durante los cincuenta años de su vida, Bernabé Bermúdez reconoció  en su rostro reflejado a un aventurero.
Con su pene en la mano como un tibio pájaro dormido, Bernabé Bermúdez miraba hacia abajo con ojos adormecidos y entrecerrados por la fotofobia mañanera. Añoraba el portentoso caudal de otrora, que la elástica juventud de las paredes de su vejiga proyectara rectilíneo como un desafío, con el orgullo de una presión insolente, de héroe épico. Ahora, la suya era una meada conformista, la parábola lánguida de un funcionario quincuagenario y acomodado, dibujada por la fuerza de la gravedad con trazo fino, como la fuentecilla de un jardín barroco semiobstruida por el caliche. En su remate final, con una discontinuidad sincopada, sus orines caían indecisos contra las paredes de la taza, resbalando con una indolencia errática, para diluirse en el fondo apocándose, sin la vocación de dejar una impronta en el mundo y sin merecer la aprobación de los urólogos, el aplauso de los camaradas, la envidia de los detractores, ni la fascinación de las hembras.
Cada mañana, después de la primera micción, se demoraba unos minutos de pie, estático frente al espejo del lavabo, con la cara enjabonada para el afeitado, mientras su mujer dormía.
No buscaba canas nuevas ni arrugas. Tampoco le preocupaba que la piel de su cráneo empezara a transparentarse a través de la malla de su, cada vez, menos denso pelo.
Sin saberlo con certeza, y sin habérselo formulado nunca, ese ritual doméstico se debía a una curiosidad por el rostro reflejado de aquel impostor. Escrutaba su semblante al comienzo de cada jornada intentando comprender quién tenía delante. Invariablemente, al acabar el afeitado, encontraba al mismo desconocido bajo la capa blanca de jabón.

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Afeitado

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CAPÍTULO 3

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Era el único cliente. Además de la bailarina y del camarero que, tras servir el gin-tonic, ya había vuelto a su colilla y a su prensa deportiva, había otra chica sentada en un pequeño velador. Al principio no reparó en ella porque estaba en la misma esquina sombría del local de donde salió la bailarina para comenzar su número. Era una joven pálida, con ojeras, demasiado flaca, pelo corto negro, mal cortado. No era fea. Llevaba una falda muy corta, tipo escocesa, y botas altas. Balanceaba una pierna, cruzada sobre la otra. El cenicero que tenía sobre la mesa estaba hasta los bordes lleno de colillas manchadas de carmín. No tardó en pegar bajo la mesa el chicle que mascaba y en acercarse a él.
―Hola guapo ―no supo ubicar inmediatamente su acento extranjero―, ¿me invitas a una copa?
―Sí, claro. ¿De dónde eres?
―Rumanía. ¿Cómo te llamas?
―Bernabé. ¿Y tú?
―¿Bernabé? Qué nombre raro, no había oído nunca. Yo Marisol.
―¿Marisol es un nombre rumano?


Al cabo de media hora y el par de tragos más caros de su vida, Bernabé, precedido de Marisol, subía por una estrecha escalera de caracol situada al fondo del local. Hacía un esfuerzo por desviar la vista hacia otro lado; le incomodaba tener el trasero de la chica dos escalones por encima de su cara: no llevaba nada bajo la faldita escocesa de colegiala. Mientras, el camarero les seguía con la mirada hosca y la colilla en la boca. Al final de la escalera había un pequeño pasillo que se ensanchaba en una habitación sin puerta. Mientras la atravesaban, Bernabé pudo ver en una esquina, semioculta por la penumbra, un bulto humano durmiendo en un pequeño colchón sobre el suelo. Al lado, un vaso de agua, un cubo, varias cajas de medicamentos y un termómetro.
―¿Quién es? ―susurró Bernabé.
―Prima mía. Enferma. Ya mejor.
Entraron en la habitación y Marisol encendió la luz. La iluminación agresiva y cegadora de dos tubos fluorescentes era más propia de un parking que de un refugio erótico. Las paredes estaban desnudas, sin cortinas ni cuadros. Extensas manchas de humedad las recorrían desde el suelo hasta el techo, mezclándose con las grietas del yeso, como un gran mapamundi con sus ríos y sus fronteras. Hacía ya muchos años que la inversión en una mano de pintura habría sido justificada. Los pocos muebles desvencijados parecían recogidos de los desechos que aparecen los domingos por la tarde en el rastro porque no han podido venderse. Una papelera al lado de la cama estaba llena hasta rebosar de lo que parecían pañuelos de papel arrugados y preservativos usados.
―Tú quita ropa, yo vengo ya ―dijo Marisol marchándose de la habitación y dejándolo solo―. El aire pesaba. La habitación no había sido ventilada; por el aspecto y las dimensiones del pequeño ventanuco, que parecía clausurado desde hacía años, debía ser lo habitual. El olor a humedad de las paredes se mezclaba con el del sudor y otros humores corporales de docenas de usuarios eventuales y con el de la ceniza fría y las colillas que llenaban el cenicero. Por la escalera de caracol subían, atravesando el rincón de la puta enferma, los acordes tristes y empalagosos de una bachata dominicana.
Bernabé se quitó los zapatos, la chaqueta, la camisa y los pantalones. Tras buscar dónde colgar la ropa, se decidió por plegarlo todo y dejarlo sobre una silla. Se dejó los calcetines puestos; el suelo estaba frío y no se atrevía a pisar la alfombra con los pies desnudos: tenía la impresión de que estaba llena de vida.  De pie, en calzoncillos junto a la cama, solo en la habitación de un burdel sórdido, vio su cuerpo reflejado en un espejo picado por los años ―como con negras marcas de viruela― que irónicamente estaba puesto allí para estimular el deseo. Se vio viejo, sin tono muscular, patético. Cada arruga y cada imperfección de su piel blanca aparecían magnificadas por la luz de los fluorescentes. Contemplaba su cuerpo con resignación, un cuerpo deshabitado, como si fuese un saco hecho de pellejo y lleno de tripas, de carnaza y de músculo cansado, infiltrado de extraños humores que circulaban en todos los sentidos a su albedrío. Un saco que, como una punición, estaba condenado a portar. Una vez más le pareció que la persona del espejo era un desconocido. Pero ese desconocido, ya tan familiar, resultaba algo más envilecido en el reflejo de esa triste noche. Un mustio desecho de piel flácida, un fracaso, un farsante.
―Tú quita todo ―dijo Marisol al entrar de nuevo en la habitación, sin dirigirle la mirada, mientras enviaba un mensaje con el móvil. Cuando acabó, abrió el neceser que traía con su kit profesional y lo distribuyó desordenadamente sobre la superficie de la mesilla de noche: un puñado de preservativos, lubricante, toallitas húmedas, un consolador. Ante la visión de aquella extraña prótesis, de un realismo prodigioso si no fuese por su uniforme color berenjena, Bernabé no pudo evitar un estremecimiento. ¿Sería aquello un complemento habitual en esas situaciones?, ¿estaría hecho a escala real sobre la medida media nacional?, ¿tendría la intención de utilizarlo contra él? Volvió a pensar en el temido tacto rectal que llevaba aplazando demasiado tiempo.
―¡Venga, tú quita todo! ―Repetía impaciente Marisol, quien se había despojado, sin ningún aderezo de erotismo, de su sujetador y de su pequeña falda, que parecía sacada de un catálogo de atrezo imprescindible para solventar las fantasías sexuales más comunes de los varones occidentales de mediana edad. La amabilidad que mostró hasta que obtuvo el par de billetes en los que había tasado sus honorarios también se había esfumado.
Bernabé se quitó los calzoncillos mientras miraba la colcha deshilachada y llena de quemaduras de cigarrillos que cubría la cama vencida, un tejido descolorido y polvoriento cuyo estampado original se confundía con las manchas endurecidas de los muchos servicios de los que había sido testigo.
―Déjalo, creo que mejor me voy…
―No, no. ¿Qué digo yo a mi jefe? Ven a lavarte.


Marisol le señaló un bidé de cuyo grifo corría un hilo de agua. Bernabé se sentó. El contacto de la fría y dura loza bajo sus nalgas le hizo contraer los glúteos. Tuvo consciencia de que sus hombros estaban demasiado encorvados e intentó enmendarlo. La chica se acercó y, sin usar jabón, le echó un poco de agua con la mano por encima del vello púbico y sobre los genitales. La suficiente para cumplir, sin demasiados escrúpulos, el expediente de un simulacro de asepsia. Al bajar la vista hacia la zona de las abluciones, Bernabé pudo ver cómo las uñas de Marisol habían dejado de recibir el mantenimiento adecuado y la laca se había ido desprendiendo en escamas, dejando ver las sucesivas capas superpuestas de diferentes colores. Al contacto con el agua fría, su sexo se replegó en sí mismo, como un viejo caracol asustado.
―¿Fría?
―Mucho.
―Ya está ―le entregó un trozo de papel de cocina para que se secase y múltiples fragmentos, del tamaño de un grano de arroz, se le quedaron adheridos al interior del prepucio.
Fuera se oía la tos pertinaz y profunda, enraizada en los bronquios, de la prima enferma. El agua helada había acabado con los restos de libido que le quedaban. Vencido y humillado, obedecía, con la mirada desenfocada, las órdenes de Marisol.
―Échate en cama. Polla no dura. ¿Yo no guapa?
Con manos gélidas y mientras miraba el reloj, Marisol empezó a acariciarle la entrepierna de forma mecánica, como quien amasa croquetas. Bernabé se fijó entonces en el tatuaje que la chica portaba en la parte posterior del hombro izquierdo. Era un nombre de varón, un nombre extranjero; un trabajo de pobre calidad, de taberna portuaria o como hecho en la cárcel o por un aficionado, cuya tinta parecía que se expandiese y fuese tornando los trazos borrosos e indefinidos, como cuando se escribe con pluma sobre un papel húmedo; o como una herida sangrante fluyendo azul bajo la piel; o como si fuese algo vivo y maldito, algo canceroso que hubiese echado raíces que crecían hacia adentro clavándose, cada vez más profundas, en las carnes de la puta.
Desde algún lugar de la habitación, entre las baldosas, una cucaracha espiaba con ojos miopes las infructuosas evoluciones eróticas del funcionario Bermúdez y la desapasionada meretriz.
―Venga, tenemos veinte minutos ―decía mientras bostezaba.
―Déjalo, no funciona, me voy a vestir. Si quieres, nos quedamos aquí un rato antes de bajar y así no le tienes que explicar nada a tu jefe.
―No, no. Tú has pagado. ¿Tu gusta yo chupo?
Para salvar la situación, Marisol se situó sobre Bernabé con los labios entreabiertos y los párpados entrecerrados ―o viceversa―, ensayando una aproximación sensual en la que posiblemente confiaba por ser un recurso habitual. Acercó su boca a la cara de su cliente mientras acababa de cerrar los ojos, intentando provocar que la besara. Su aliento caía espeso sobre la cara de Bernabé, como con peso propio, en una cascada lenta y etérea, derramando efluvios de cenicero húmedo y abandonado; de menú del día semi-digerido con un toque predominante de coles hervidas; de muelas corruptas por las caries; de chicle de clorofila ―frustrado intento de encubrimiento― amasado con una saliva ligeramente sulfurosa; y de algo como cadaverina o restos de algún animal muerto, como cuando una salamanquesa o un ratón se pudren ocultos bajo un sofá y uno no sabe muy bien ubicar el origen del hedor. Bernabé, aprisionado bajo el cuerpo de la chica y con el estómago revuelto, apretó los labios mientras volvía la cabeza hacia un lado, lamentó constatar que la creencia generalizada de que las prostitutas no besan a sus clientes era un mito sin fundamento, y agradeció en silencio no haber detectado el olor a semen fresco de un extraño.

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CAPÍTULO 11

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Mientras tanto, a pocas manzanas de allí, Silvia hacía planes para salir sola. Valeriano y ella habían discutido con vehemencia. El partido había propuesto a Valeriano entrar en las listas en un puesto en el que no tenía ninguna opción de salir elegido, pero que debía ser ocupado por alguien, y eso supondría trabajar durante toda la campaña electoral sin obtener nada a cambio. Silvia trataba de convencerle de que no intentara hacer carrera en la política; la mitad de sus conocidos que lo habían intentado estaban en la cárcel o pendientes de juicio, y ya pasaban demasiado poco tiempo juntos debido a su trabajo en el bufete. Valeriano le había dicho que salía a un buffet-reunión en el hotel Palace, en la que prepararían la presentación de las listas de su partido para las elecciones municipales.

Se encontraba verdaderamente en el Palace ―la media verdad que atenúa lo infame de la mentira―, aunque no en una sala de congresos, sino en una suite de lujo, acompañado por una joven becaria recién salida de la facultad a la que había echado el ojo desde que entró en el bufete pocas semanas antes. Era un ángel rubio de veintitrés años, de mirada limpia y nalgas duras, cuyos senos caían ligeramente hacia arriba como si, hinchados con una especie de helio duro, intentasen escapar al vuelo. Valeriano no podía creerlo cuando empezó a reaccionar ante sus avances. La chica era ambiciosa y decidida: le había dicho, con ojos tiernos y una vocecita nasal de putita compungida, que su sueño era quedarse a trabajar en el bufete y que haría cualquier cosa por un contrato fijo en la empresa. Desde entonces, se había fijado en su mente como una obsesión. Finalmente fueron al hotel, donde los dos sabían qué se esperaba del otro, y ambos desempeñaban sus respectivos papeles con agrado y dedicación. El champán estaba en su cubo con hielo y la intensidad de la luz era perfecta. Tenían por delante varias horas que se prometían inolvidables. La chica sacó algo de un gran bolso de plástico rosa con la silueta de una cabeza de un gato blanco —lo único que desentonaba con su indumentaria— y entró en el cuarto de baño. Al cabo de unos minutos, Valeriano oyó la cisterna del inodoro y vio salir a la muchacha sonriendo picarona. Cuando pasó por su lado, le cogió la parte superior de la corbata y deslizó sus dedos desde el nudo hasta el extremo mientras seguía andando descalza sobre la moqueta sin dejar de mirarle a los ojos. Sin decir palabra, se sentó en la cama como una invitación, con los labios hinchados y entreabiertos y los ojos encendidos de lujuria. Valeriano, con el pulso acelerado, no podía creer en su buena suerte. Se excusó y entró en el baño a su vez para orinar. Al abrir la tapa del inodoro, su vista se clavó sobre una gran mierda negruzca y cuarteada que flotaba en el agua mientras una vaharada hedionda salía de la taza para meterse en su nariz hasta golpearle las meninges. Su pensamiento quedó suspendido por la visión. Más que repulsión, la hipnosis era producida por la sorpresa. No le cuadraba que la diosa rubia que le esperaba en la habitación de al lado, pudiese ser al mismo tiempo la autora material ―o incluso intelectual― de algo tan abyecto. Cuando pudo reaccionar, tiró de la cisterna, pero la combinación de la forma y densidad del cuerpo y el diseño de la taza del inodoro, hacían que la presión y la cantidad del agua de cada descarga fuesen insuficientes para su eliminación definitiva. Lo único que conseguía era que el contumaz mojón diese algunas vueltas sobre sí mismo acentuando con saña el efecto hipnótico. Vio el fondo de la taza con vértigo; se prolongaba hacia abajo como si fuese un profundo pozo negro, o como el final de una fétida mina o de una cantera oscura de donde salían rumores infectos directamente del infierno para golpearle las paredes del cráneo desde el interior, y donde estaba destinado a caer sin llegar nunca al final.

Permaneció unos minutos mirando hacia abajo sin acertar a pensar en nada. Las baldosas del suelo se ondulaban como la superficie de un mar duro y blanco. Al salir del aseo, sin haber conseguido orinar y con una dosis de realismo demasiado brusca para la situación, vio a la chica casi desnuda en una pose seguramente sensual, nada vulgar, sobre la cama. Se había dejado sus dos mejores piezas de lencería, como el envoltorio de una joya, para darle el regalo de quitárselas ante él o tal vez de dejar que él se las quitara cuando quisiese o cuando no pudiese esperar más. Sus ojos estaban en brasas, estaba dispuesta a divertirse. Posiblemente estaba preciosa; no podía apreciarlo. Para Valeriano se había convertido en un súcubo que acaba de ser desenmascarado, en el demonio seductor en el cuerpo de una mujer hermosa que yace con los hombres para llevarlos a su perdición. Cogió su chaqueta y salió de la habitación. Desde la puerta, sin mirarle a los ojos, le dijo: «Coge tu ropa y lárgate. Estás despedida. El lunes haré que te ingresen lo que se te debe y lo que te corresponda por indemnización». En el ascensor tuvo que controlar las convulsiones, en forma de arcadas, para no vomitar. Al llegar al vestíbulo del hotel, buscó los aseos; orinó y se echó agua en la cara y en el cuello. Luego pagó la cuenta en recepción y salió del hotel. Mientras esperaba a que pasase un taxi, llamó por el móvil a Silvia. Le diría que el acto había sido pospuesto y que, si no había hecho planes, la llevaría a cenar a un sitio caro.

 

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